Tuesday, March 23, 2010

Bocados negros en sangre dulce
Un comentario a Ariel de Sylvia Plath (1962)



Margarita Ruiz Soto


Desde su título, el poema Ariel de Sylvia Plath me aleja del mundo en que se inscribe la verdad personal que tortura a la voz poética. Su misterio me expulsa y me exige indagar por la historia personal de la poetisa. Por ello Ariel es un poema que entrega demasiado a la interpretación caprichosa de quien lo lee.


Se presenta en diez tercetos y un verso suelto, barridos contra la pared izquierda. Versos cortos que sugieren reserva, temor, en una voz poética que sale, se arriesga, se detiene y se repliega; delimita su territorio y se encripta. Para el lector, queda el resto de la página en blanco como un vacío de sentido, un enigma.
El juego de descubrimiento-ocultamiento propio de la poesía confesional es llevado a cabo de manea maestra. Tan pronto creemos estar dentro de las imágenes y dentro del sentir del poema somos expulsados y repudiados como fisgones, ajenos a la tragedia que avanza en la vida de Plath. Por ello, sólo puedo hablar desde la emoción que despierta el poema en mí. Me repele; inevitablemente, me repele. Entonces, hago consciencia que no simpatizo con el suicida que fracasa, pues mancha la dignidad del suicidio con su regreso. En Lady Lazarus, Plath afirma irónicamente que morir es un arte que ella actualiza excepcionalmente bien cada diez años.

Dying
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.


La magnificencia de la muerte reposa en su carácter único. Quien verdaderamente muere lo hace una sola vez. Pero Sylvia Plath se engolosina con el suicidio, le canta una y otra vez con la fuerza de sus versos. Así se erigió como un ejemplo incontestable, como un vulgar mal ejemplo para momentos de flaqueza. El suicida exitoso es valiente; el fracasado es cobarde, llama al lastimero para que lo contemple. Leer Ariel nos obliga a hurgar en la vida de Plath, a contemplarla.
Ariel era el nombre de su caballo. ¿Acaso allí descansa la imagen central que conecta la desnudez contestataria de Lady Godiva con la desnudez confesional de la poesía de Plath? Aquella fue obligada a tomar su caballo como podio público para ofrendar su pudor en sacrificio y así redimir a su pueblo del abuso; Plath parece tomarlo para sentir el vértigo de la carrera, que desde sus talones sube por sus rodillas y sus muslos hasta entregar su cabello al placer de sentirse una con el aire, cerrar los ojos, soltar el freno y jugar con la muerte, allí donde la vida se suspende, donde la sombra llama y el abismo aparece. ¿Acaso, en su ritual ecuestre Plath celebraba el goce supremo de la fuerza del animal entregado a la carrera, en simbiosis amenazante con el vértigo de la caída mortal?
¿Es acaso la ofrenda de vida sobre sus monturas lo que hermana a la Plath con Lady Godiva? Posiblemente así sea para Plath. Pero el sentido de sus ofrendas parece opuesto: Lady Godiva expuso su pudor y con ello hizo una ofrenda por la vida; Sylvia Plath expone su deseo de abrazar las sombras y ofrenda sus versos como canto confesional del suicida.
Ambas, God’s lioness, erigen su feminidad sobre una cabalgadura como símbolo contestatario en rutas inversas. Por ello el contraste entre Godiva y Plath forma parte del
juego de contrarios que atraviesa el poema:

Stassis in darkness vs. White
Dead hands, dead stringencies vs. The child’s cry
Nigger-eye vs. Eye, the cauldron of morning
Sylvia Plath vs. Lady Godiva

Antes que continuar, prefiero confesar que no logro amar este poema. Quizás porque no logro admirar al suicida que exhibe su condición, pues respeto profundamente el silencio que lleva al suicida hasta su propia muerte. Parodiando el verso de Plath, puedo afirmar que el poema se presenta como bocados negros de Sylvia Plath que tragan la sangre dulce de Lady Godiva.

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