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Monday, March 1, 2010

La fatalidad inevitable.

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca.


En esta elegía, Lorca no sólo canta la muerte del torero, sino que además lamenta la pérdida del amigo íntimo, adquiriendo dimensiones tan dramáticas como épicas a lo largo de las cuatro partes de las que consta el poema: La Cogida y la Muerte, La Sangre Derramada, Cuerpo Presente y Alma Ausente. Es la segunda parte la que interesa para este comentario, puesto que me parece significativa por las razones que a continuación expongo.

Mientras que en la primer parte, el poeta encausa su esfuerzos en crear una polaroid lírica, en capturar el instante en el que se presenta la tragedia para conservar un fragmento del tiempo que es y jamás volverá a ser, en La Sangre Derramada, Lorca descubre el dolor que él experimenta ante la muerte de su amigo, a la vez que elogia sus hazañas en el ruedo: lugar donde justamente representa la escena más dramática.

Es, además, el punto en el que el poema nos demanda atención, con una especie de volta marcado por un cambio estructural: si bien en La Cogida y la Muerte, la repetición del verso “A las cinco de la tarde” le da un sentido de constancia y contundencia al poema, en esta segunda parte, se rompe la forma para adoptar la del romance, que a mi juicio refuerza el espíritu popular de este llanto.

Pero es, sin duda, el verso inicial y su repetición lo que impacta con mayor fuerza: ¡Que no quiero verla!, asegura Lorca, estableciendo el ritmo a la vez que rechazando absolutamente la presencia de la sangre, cuya imagen todo lo llena.

Como el nombre lo evidencia, el sentimiento de este poema de Lorca es el rastro de desolación que deja a su paso la muerte, de impotencia ante el carácter inexorable de la fatalidad. Y me atrevo a sugerir, incluso, que el poeta acepta con estoicismo lo inevitable, cuando al final de Cuerpo Presente declara: ¡También se muere el mar!

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Tuesday, February 23, 2010

In Garcia Lorca's "Lament for Ignacio Sanchez Mejias" the repetition of word and image create a rythm, passing of time, and a sense of the sacred. It investigates the connections between the physical and the sacred in a way that illustrates a distinct progression of time.

The repetition of "las cinco en la tarde" throughout the first part of the poem "La cogida y la muerte" creates a rythm that grounds the reader in a scene that is both incorporeal and illusive. The use of images and abstractions throughout the poem, the pendulum like transition back and forth between the two throughout the poem helps enforce this rythm. The rythm, once established, helps to create an atmosphere to approaches the sacred. It becomes prayer like, a sort of sacred chant to commemorate the dead man.

The connection between the physical and the sacred- the transition from one to the other is marked in this airy, illusory space between the two places. The idea of transition is also reflected in the titles of each section.
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A propósito de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Por: Oscar Godoy Barbosa

La muerte es el tema esencial de esta elegía del español Federico García Lorca. Muerte porque es el trágico final de un torero, Ignacio Sánchez Mejía, el que da origen, fuerza y cadencia al poema. Y elegía porque es un lamento, una queja que pone de manifiesto la tristeza del poeta por el amigo fallecido en el ruedo.

Ignacio Sánchez Mejías ha muerto, nos dice el poeta desde el título, pues solamente se llora por aquellos que nos dejan. Y ha muerto en ese escenario entre festivo, trágico y palpitante, íntimamente ligado con la esencia española, esa especie de ritual público en el que se enfrentan el hombre y la muerte: la corrida de toros.

El Llanto se compone de cuatro poemas, cuatro momentos de la tragedia. En el primero, La cogida y la muerte, nos encontramos ante el instante preciso en que el torero, tras ser embestido por el animal, fallece sobre la arena. Un verso se repite constantemente, como un eco, una sonoridad que el poeta desea reiterar una y otra vez, como si quisiera grabar en la memoria del lector lo ocurrido en una hora precisa: “A las cinco de la tarde”.

De alguna manera, este verso es como una campana de duelo que suena una y otra vez, a medida que la vida se extingue. Y se intercala con versos de gran fuerza, que van mostrando la magnitud de lo que ocurre (“Lo demás era muerte y solo muerte”/ “¡Y el toro, solo corazón arriba!”), la agonía (“Cuando el sudor de nieve fue llegando” / “La muerte puso huevos en la herida” / “Las heridas quemaban como soles”), y la consumación de la tragedia (“¡Eran las cinco en todos los relojes!” / “¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”).

El segundo poema, La sangre derramada, como el anterior, también reitera un verso, pero con una intención distinta. En este caso, la línea “¡Que no quiero verla!” es la negativa del poeta a ver la sangre del torero sobre la arena. Es el momento de la negación, de no querer aceptar la llegada de la muerte.
En lugar de aceptar la muerte, el poeta prefiere hacer en este poema un homenaje al torero. La quinta estrofa, la más larga, está dedicada justamente a evocarlo en la muerte (“Por las gradas sube Ignacio/con toda su muerte a cuestas /Buscaba el amanecer /y el amanecer no era”), y a ensalzar su valentía y su calidad humana (“Como un río de leones / su maravillosa fuerza / y como un torso de mármol / su dibujada prudencia”). Y lamenta, finalmente, la sangre derramada (“Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas”), esa sangre que la voz narrativa lo reitera, no quiere ver.

El tercer poema, Cuerpo presente, parte también de una reiteración: la idea de la piedra como una especie de altar que permanece, sobre el que se deslizan los años y las vidas (“La piedra es una espalda para llevar al tiempo”). Y en esa piedra que es como un altar se encuentra ahora el cuerpo inerte de Ignacio Sánchez Mejía (“Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido”).

“Ya se acabó”, afirma el poeta, como si hubiera llegado al fin el momento de la aceptación de la muerte, tan evidente y sólida como la piedra. El poeta quiere, además, que toda la gente mire el cadáver (“Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura”) y que le indiquen la manera de llevarlo a su última morada (“Yo quiero que me enseñen dónde está la salida / para este capitán atado por la muerte”). Y manifiesta, por último, el deseo de que el hombre muerto acepte su condición y descanse en paz (“No quiero que le tapen la cara con pañuelos / para que se acostumbre con la muerte que lleva / Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido / Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!”).

Cuando morimos, la vida sigue. Y los vivos, tarde o temprano, dejan atrás a los muertos. Por eso el cuarto poema, Alma ausente, reitera una y otra vez la idea de que al torero muerto ya no lo conoce nadie (“No te conoce el toro ni la higuera”), con una afirmación ya inapelable: “porque te has muerto para siempre”. Pero ante esa dura realidad del olvido, el poeta se afirma como aquel que guardará la memoria (“No te conoce nadie. No. Pero yo te canto”) del amigo.

¿Y qué es la poesía, en este caso, sino una bella manera de guardar la memoria de los que parten en la muerte? García Lorca traza, en esta obra, un recorrido que no solo es semblanza y homenaje, admiración y dolor, lamento y comprensión, por el torero fallecido, sino también una parábola de la condición humana, de la fragilidad de la vida y la acechanza permanente de la muerte y el olvido.
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